Red House Painters: La épica de la melancolía

Red House Painters

A veces, la distancia que separa dos sentimientos en común es una banda de rock -voz, guitarra, bajo y batería; como conductores de energía y emotividad. Principiaban los noventas cuando un muchacho de San Francisco, marcado por experiencias infantiles sobrecogedoras y recuerdos contrariados, decide armar una: Red House Painters. Mark Kozelek se apropia del nombre de un colectivo revolucionario artístico oriundo de Tenesse -International League Of Revolutionary House Painters- para destilar las vivencias de un duro crecimiento, esas llagas que no sanan a pesar de lo recorrido y olvidado, y las convierte en el principal engranaje que mueve al proyectado grupo. He ahí una de las cualidades que les diferenciará de actos afines: su honestidad pura y directa. Es este tenor casi autobiográfico el que nos gana antes de salir a la cancha. En el camino, la vida de Mark se entrecruza con las de Gordon Mack, Jerry Vessel y Anthony Koutsos; y con ellos se alista para liberar(se de) sus depresiones. Como resultado, Down Colorful Hill (4AD, 1992), la primera entrega de muchas: un álbum con la crudeza del que ya no quiere guardarse nada, pero sonando como si quisiera evitar hacer el menor ruido.

Frente a la supuesta y engañosa amabilidad que nos ofrece el apartado musical de Red House Painters, nos damos de narices contra la rigurosa negrura de sus tópicos. Amoríos rotos, familias apesadumbradas, desolación personal -todo sale/va mal en el universo del pobre Mark. Red House Painters es un confesionario, el de Kozelek. Y es esa vehemencia delatadora la que provocará 2 rodajas grises y melancólicas como la tarde más fría bajo la que alguna vez hayas caminado.

Al año siguiente del debut, RHP edita sendos volúmenes epónimos, rebautizados por los fans como Rollercoaster y Bridge debido a las fotografías de las respectivas carátulas, dándonos a nosotros los casi igual de afligidos oyentes material suficiente como para no recuperar el optimismo. Rollercoaster y Bridge mantienen aún el perfil bajo de la ópera prima: mientras la voz de Kozelek calza perfecto con el sepia de ambas fundas, funciona además como la manta blanca que cubre un cadáver, el tul que tapa un rostro desencajado, aquella manta que ponemos sobre el espejo que reflejará (sobre el cuarteto) cada uno de nuestros pesares.

RHP-Rollercoaster

En Rollercoaster (mayo), cuya montaña rusa de portada es referencia constante en muchos de sus temas, las alusiones al niño que alguna vez fue Mark son continuas. Un pequeño que creció sin quererlo y no sabe cómo afrontarlo. Esta tristeza, sin embargo, no es la primera impresión reflejada en la placa, pues “Grace Cathedral Park” es una pieza acústica folkie bastante más amable que una deprimente balada descorazonada. La banda construye a partir de ahí un disco hecho de un minimalismo absoluto, poblado de silencios, angustias y emotividad. La humanidad de Kozelek y compañía se vuelve totalmente accesible, mas no por eso deja de ser perturbadora, y bajo ningún término quedamos frente a su pesar como hombres mejores -ni tampoco él se muestra como la peor escoria del mundo. Simplemente, contemplamos su desazón sin juzgarla ni condenarla.

La bipolaridad de algunos tracks aquí incluidos va de la mano con aquella noción del noise y el shoegazing de la época, pero con la suficiente personalidad como para instaurarse dentro de un nuevo derrotero en la década, el slowcore -el traje entallado para la congoja del buen Mark, quien no tiene reparos en descubrirse a lo largo de casi 75 minutos de música. Estilísticamente, si bien es cierto la variedad sonora balancea el monólogo taciturno del letrista, en algunos episodios Rollercoaster es dueño de una ortodoxia monolítica que podría resultar tediosa. No obstante, es el empuje y talento del line up los que saben dar en la cresta con vaivenes y giros que nos dejan sin excusas para no someternos. Épicas tales como “Katy Song”, una de las mejores canciones de los noventas, o cantos descarnados como el de “Down Through” o “Mistress”, además de esos largos opus de nigérrimo talante como “Funhouse” y “Mother”, de 8 y 13 minutos respectivamente; se han inscrito con fuego en la piel de todo aquel que ha tenido momentos de flaqueza espiritual.

RHP-Bridge
Bridge (apenas 8 canciones), publicado en octubre, tiene más de segunda parte que de nueva exploración o propuesta, sin que esto desmerezca su valía. Aunque no nos desafía -haber tenido que tragar semejante sopa amarga apenas poco tiempo atrás nos preparó para este postre agridulce-, tampoco redunda. Sorprende la relectura de “I Am A Rock” de Simon & Garfunkel (práctica que se hará costumbre y cuyo inmediato sucedáneo es el tema “Shock Me” del guitarrista de KISS Ace Frehley -¡¡!!-, editado por la 4AD en el homónimo EP de 1994). Melancolía y cierto atisbo de humor forman parte del cúmulo de emociones de esta jornada, con una imagen -el puente- igual de evocativa que la de su predecesor: “I Am Not Very Well Read/And Did You Say That I Will Lose My House/And Can You Spare Me Of My Pain/And Can You Spare Me Of My Tears”, canta Kozelek en “Uncle Joe”. Más un puñado de canciones efectivas que un álbum sólido, Bridge sirvió para constatar que el vocalista no perdió el nervio. Aunque se le puede acusar de componer este tipo de números como quien se prepara una merienda por la tarde, hay esfuerzos notables que capturan por lo inesperado, como el cover de “Star Spangled Banner” (ese norteamericanísimo saludo a la bandera), y “Blindfold”, cuyo estertor final está hecho para escarapelar cada poro de tu arrugada piel. Canciones igual de desarmantes que en el glorioso capítulo previo pero de menor duración -y de una mayor orientación acústica-, Bridge se queda corto en su legado por simple comparación, aunque debo confesar que todavía hoy me sigue pareciendo mucho más siniestro que Rollercoaster -lo cual ya es bastante. Buenas pruebas residen en “Evil”, surco de 7 minutos que da inicio al disco, y que arranca con un par de risas cómplices antes de la canción propiamente dicha; y “Helicopter”, así como la reelaboración más agresiva de “New Jersey”.

La dinámica de RHP está signada por el paso lento de sus temas, y la pluma oscura y perversa de Mark Kozelek. Su belleza radica en el sosiego que podemos encontrar dentro de la maraña de penurias que les cubren, en esa extraña mezcla de folk y noise bien resuelta en sendos discos que han empapelado muchas habitaciones cargadas de desconsuelo y abatimiento, incluso en estos días, ya de adultos (o más aún, quizás por eso). Sus evocaciones, sus imágenes, sus referentes; nos llevan no sólo a una década en donde despertábamos a la música íntegramente, sino también a episodios que, aunque a veces tristes, son nuestros, y nos han hecho lo que hoy somos. Por eso, merecen que los tengamos siempre presentes.

(Posteado originalmente en El Hexágono Carmesí).

“Katy Song”

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