Suicide: Hermanos de sangre y ruido

Suicide

Suicide
Suicide
Red Star, 1977

Valga la extraña coincidencia: tenía las canciones de este flamígero debut sonando por días en el reproductor y, como no podía ser de otra manera cuando estás “conectado” a tus redes sociales, me provocó revisar qué hay de nuevo en la actualidad. Así llegué a la recomendación del sello Matador que anunciaba la presentación en el programa de David Letterman de la artista natural de Sri Lanka M.I.A., cantando su single “Born Free”. El bonus de rigor no podía ser más seductor: Martin Rev la acompañaría en vivo, ejecutando “Ghost Rider”, pieza que la cantante samplea en dicho sencillo. Brutal performance, como no podía ser de otra forma.

No hay necesidad de decir que lo que se escucha ahí es parte de un ciclo musical que ya llegó a su fin. No por re-utilizar un clásico de la eclosión punk rock, sino por el hecho de que, desde hace ya una década, varias bandas y artistas nuevos toman elementos de la vieja guardia y los presentan como recientes. Muchos aspectos en cuanto a la música de nuestros días ya fueron explorados y regurgitados. Esta nueva hornada, muchos de los involucrados siendo prominentemente neoyorkinos, “toma prestado” de la Velvet, Television, y los Stooges. Pasa cada cierto tiempo, florecen bandas que, dentro de su corrección, reinterpretan lo ya hecho, sin llevar la música hacia otra dirección.

¿Y Suicide? ¿Alguien los recuerda?

Para 1977, Martin Rev y Alan Vega llevaban más de un lustro juntos. Tocando, ensayando, cambiando. Cansándose. Hartos ya en ese entonces del clásico guitarra-bajo-batería, se reducen a su mínima expresión. Asumiendo riesgo y espontaneidad, el dúo elabora un disco con 7 postales cuasi-apocalípticas, que hablan sobre lo que sucede en su país y hacia dónde -para mal- se dirigía. Era el vehículo expresivo de un par de muchachos que veía su vida afectada, y luchaba contra aquello que consideraba equívoco. Habitantes de un país dominante, conscientes de las tentaciones y vicios de un poder tal, y de una ciudad tan inmensa que te atosiga; atacaron con aquello que dominaban, un lenguaje musical que resultó virulento y mordaz. Reflejaron lo trágico del caos, lo calamitoso de la realidad que vivían. Algo que ha ido in crescendo desde esos días hasta hoy, sin olvidar aquel fatídico 11 de setiembre.

Sus temas se presentan como pulsaciones inquietantes: la ejecución de Martin Rev es repetitiva, casi sin variaciones, minimalista, al punto de la exasperación; mientras que Alan Vega canta espaciadamente, con pausas, apurado, ansioso, pero con frases directas, concretas, insertando alaridos inquietantes (pero sin que eso evite que su fraseo sea sensual a los oídos). Vega canta sobre la desesperanza, hurga en lo más oscuro del alma, en la desesperación y el desamparo, es más político que el activista más revejido de la época, y más confrontacional que tu banda punk favorita de ese año. La portada, el nombre del dúo derramando torrenciales cantidades de sangre, no puede resultar mejor anticipo de su contenido -difícil de digerir, no tanto un placer culposo como sí una auto-tortura placentera (si cabe el término), aquello que se escucha manejado más por un impulso honesto de hacerle frente a sentimientos que sabes tienes dentro de sí, y que ya no quieres ocultar.

“Ghost Rider” arranca el frenesí sónico. El sonido callejero se cuela a partir de aquí. Se crea un ambiente, visceral en tanto se toma de la realidad, influenciado por el gran Iggy Pop, y que llevarían luego a su propia puesta en escena. Es una canción de carretera, que te mueve, y en sí misma una declaración de intenciones. Teclado monótono y rígido, voces (o alaridos) a lo Gene Vincent con delay. Psicóticos y aventajados para su tiempo, se muestran también expertos en hacer relecturas aún cuando el rock todavía era joven: doo-woop, rockabilly, y todo aquello que Rev pueda ejecutar con dos notas, vistiendo de reverb y chorus los devaneos de Vega (“Rocket USA”). El amor se abre paso con una cochina y masoquista “Cheree”, delicia de letra que describe a una amante encuerada que te hará de las suyas, mientras que “Johnny” es la particular versión suicida de algún rock’n’roll perdido de Elvis -así como “Girl” es un calipso bastante sugerente y cautivador. Pero estos aperitivos son poco todavía para el plato de fondo.

“Frankie Teardrop” es un opus de 10 minutos. Uno de los mejores retratos de su Nueva York setentera. Un equis con 20 años encima, sin trabajo, sin suerte, pero con esposa e hijo. Una realidad personal que en el infierno que era la Gran Manzana solo tenía un destino fatal. “Frankie…” es una canción sobre la supervivencia, a sabiendas de que no la conseguirás. No tienes nada y eso no te alcanzará para nada más. Frankie es una analogía tanto de Martin como de Alan, pues ambos en sus inicios no eran aceptados en una escena incapaz de concebir a un tándem de mequetrefes con organitos haciendo rock. Frankie coge un arma, y dispara a matar, para luego apuntar contra sí mismo. “We’re All Frankies… We’re All Lyin’ In Hell”. No se puede ser más explícito.

Sería injusto relegar Suicide a “solo” un disco repleto de ruido y exclamaciones. Que los tiene. Pero hay un sentido, una orientación. Se vale de ellos para construir algo. Esa mezcla de tecnología y humanidad, de cables y venas, de frialdad y sensibilidad; supera el facilismo punk de tres acordes y la música-hecha-con-drogas de sus coetáneos. Es el triunfo de la creatividad sobre el marasmo que te produce vivir en una ciudad donde siempre pasa algo, al punto de enajenarte con el resto por completo. Alan Vega y sus cadenas contra el piso, Martin Rev y su teclado de 5 dólares, ellos dos y su gran talento, redefinieron la música a finales de los 70s. Lo que sucedió tras ellos, algunos lamentan, se orientó hacia una veta más ligera, menos autodestructiva, dance si se quiere -muchos de cuyos representantes seguro conocimos antes que a esta pareja: OMD, The Human League, los propios Depeche Mode (¿curiosamente?, todos ellos británicos), más melódicos y menos sensoriales que sus prominentes antecesores.

Quizás hoy, años en los que la música llega edulcorada a los medios, ya no se extrañe tanto una propuesta así de radical. Incluso ahora, quienes se expongan a una performance como la del video de marras, se preguntarán qué es eso de gritar tres líneas sobre una base irreconocible. ¿Música hecha más con actitud que con técnica? Puedes jurarlo, hubo un tiempo en que sólo eso bastaba para impregnar un enorme legado.

“Ghost Rider”

(Publicado originalmente en El Hexágono Carmesí).

2 Comments on “Suicide: Hermanos de sangre y ruido

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